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Historia y Cultura

Napoleón y el perfume: una obsesión que explica más de lo que parece

Por el Magistrado Francisco Huber Olea

Napoleón Bonaparte

Cuando pensamos en Napoleón solemos imaginar al estratega que derrotó a los austríacos en Austerlitz, al hombre que reorganizó el derecho continental con el Código Civil o al emperador que terminó sus días contemplando el Atlántico desde Santa Elena. Sin embargo, existe un detalle aparentemente menor de su personalidad que siempre me ha parecido revelador: Napoleón estaba obsesionado con el perfume.

No se trata de una exageración literaria. Diversas fuentes de la época coinciden en que consumía cantidades extraordinarias de agua de colonia, particularmente la famosa Eau de Cologne que se había puesto de moda en Europa durante el siglo XVIII. La utilizaba sobre la piel, la ropa, los guantes, los pañuelos e incluso en el agua del baño. Algunos testimonios afirman que llegaba a ingerir pequeñas cantidades porque estaba convencido de que tenía propiedades estimulantes y medicinales.

La anécdota resulta curiosa porque rompe por completo la imagen que solemos construir del personaje. Uno imagina al conquistador cubierto de polvo después de una marcha de cientos de kilómetros, rodeado de cañones, caballos y soldados exhaustos. Sin embargo, detrás de aquella figura militar existía un hombre extraordinariamente cuidadoso de su presentación personal y profundamente sensible a los olores desagradables.

El mundo que olía espantosamente

Para entenderlo hay que recordar algo que con frecuencia olvidamos: la Europa napoleónica olía espantosamente.

La higiene moderna es una conquista relativamente reciente. Las ciudades carecían de los sistemas sanitarios que hoy consideramos normales, los ejércitos permanecían semanas enteras en campaña sin condiciones adecuadas para el aseo y las calles de muchas capitales europeas eran lugares donde el olor constituía una realidad cotidiana. En ese contexto, la obsesión de Napoleón por la colonia deja de parecer extravagante y empieza a verse casi como una reacción lógica.

El peligro de convertir a las personas en símbolos

Lo interesante es que este pequeño detalle nos permite observar algo que ocurre con frecuencia cuando estudiamos a los grandes personajes históricos. Tendemos a convertirlos en símbolos. Napoleón deja de ser un hombre para transformarse en "el genio militar". Julio César deja de ser un individuo para convertirse en "el conquistador de las Galias". Alejandro Magno deja de ser una persona para convertirse en "el dueño del mundo".

Y cuando hacemos eso perdemos justamente aquello que vuelve fascinante a la historia: la humanidad de sus protagonistas.

Napoleón no era solamente el arquitecto de campañas militares brillantes. También era un individuo con hábitos, manías y obsesiones. Era capaz de reorganizar Europa mientras se preocupaba por recibir cargamentos de colonia. Podía dirigir una batalla decisiva y al mismo tiempo insistir en ciertos rituales personales que le daban seguridad o comodidad.

En realidad, todos hacemos algo parecido. La diferencia es que nuestras costumbres rara vez quedan registradas para la posteridad.

El verdadero retrato

Quizá por eso esta historia me parece tan atractiva. No porque nos enseñe algo sobre perfumes, sino porque nos recuerda que incluso las figuras más extraordinarias de la historia seguían siendo seres humanos.

Detrás del uniforme imperial, detrás de las coronaciones, detrás de las victorias militares y de los mapas que cambiaron el destino de Europa, había un hombre que probablemente consumía más colonia en una semana de la que la mayoría de nosotros utilizará en toda una vida.

Y, curiosamente, ese detalle aparentemente trivial nos acerca más al verdadero Napoleón que muchos de los monumentos que se levantaron en su honor.